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jueves, 19 de noviembre de 2020

¿LIBERTAD?

 

         No sé si seré el único rarito de este país, España, que en esta época de pandemia ha visto y comprobado una amenaza real a la pérdida de libertad personal y ciudadana. En aras de vencer a la curva de contagios y muertos, como si tuviéramos una lucha con las representaciones gráficas de cualquier tipo, se justifican una serie de medidas, cuando menos dudosas y cuestionables, para prohibir y castigar.

    Los famosos expertos anónimos, desconocidos e inexistentes, encabezados por el famosillo de la tele doctor Fernando Simón, que luego no es tal doctor, al comienzo de dar a conocer a la ciudadanía el problema que se nos venía encima con el coronavirus y para dejarnos tranquilos nos cuentan la gran mentira. Uno o dos casos, que de producirse se podrían controlar sin mayor problema. Han pasado nueve meses y vamos por unas 70.000 personas muertas. Aunque la mentira oficial sea de 40.000. El “doctor” sigue en su puesto, el ministro también. Nadie ha dimitido ni se siente responsable absolutamente de nada. Es más, argumentan que si no hubieran estado ellos, se hubieran producido siete veces más de muertos.

   La libertad va íntimamente unida a la responsabilidad. Y si los responsables no la ejercen la tiranía de sus decisiones son una evidencia. En este caso se ha mentido descaradamente al pueblo. Es decir, se le ha privado de su libertad. Se nos ha manipulado en beneficio de no sé sabe bien qué. O quizás se conoce demasiado bien.

         Nos intentaron convencer de que las mascarillas no eran necesarias. Las gotas del bicho eran muy pesadas y caían al suelo inmediatamente. Mientras, la ciudadanía comprobaba que en otros países se habían preocupado de dotarse de ingentes cantidades. Supongo que sería por interés coleccionista. A todo el mundo le entró el deseo de poseer una mascarilla en su poder. Total para qué. Los test PCR no merecían la pena, eran muy difíciles de interpretar y no servían. Te hacías un test pero al minuto siguiente podías estar contagiado. La solución, encerrados en casita. En la actualidad las mascarillas son obligatorias, cuanto más caras sean más recauda el gobierno y para colmo las que recomienda como más efectivas, a esas no les reduce el IVA.  Los tests cuantos más mejor, de todos los colores y tamaños. Especialmente si eres futbolista de élite, político con gorrilla o famosete en los medios de comunicación.

         La solución siempre pasa por la privación de libertad. Prohibición de acceder a la información veraz. Incapacidad para elegir la mejor decisión, puesto que no se proporcionan elementos objetivos en los que fundamentar la responsabilidad personal y colectiva.

         Hoy más que en ningún periodo de la democracia española se está produciendo un recorte de las libertades en aras de paliar una pandemia mortal. La privación de libertad se ejerce untando a los medios de comunicación con dinero público y legislando a través de un ministerio de la verdad, su verdad. Tapando la boca de los jueces con mascarillas de acero controlando el poder judicial, apropiándose el gobierno la fiscalía general del estado para retrasar, paralizar o acelerar las causas que convengan al poder ejecutivo y a sus intereses partidistas. Gobernando a golpe dedecreto, sin control parlamentario y un sinfín de tropelías propias de dictaduras.

         Hay dinero para todo. Pero no se pude dotar a la sanidad de los recursos que necesita, personal, UVIs, equipos de protección, rastreadores, etc. No se pueden facilitar mascarillas, ni tests a toda la población para prevenir y afrontar la pandemia. No se informa con veracidad del estado real de la situación por las posibles pérdidas de votos en las siguientes elecciones, es decir, para no perder el poder.

         Ahora ya se ha conseguido echar la culpa de todo a la irresponsabilidad del ciudadano. Por tanto hay que privarlo todavía más de libertad y en caso de incumplimiento, castigarlo, multarlo. Cerrar su negocio porque es propenso a delinquir. Conseguir que dependa todo del papá estado que es quien sabe lo que te conviene. No tienes que pensar, no tienes que decidir, simplemente debes obedecer. Si no lo haces se te tipifica como un desgraciado que debes ser apartado del rebaño.

¿Libertad?

 

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

Ley de Pareto y coronavirus

 

La ley de Pareto o la regla del 80/20, propone que el 80 % de las consecuencias proviene del 20 % de las causas. Me atrevo a opinar y aplicar esta regla a las soluciones sobre el coronavirus.

Parece que hay un cierto consenso en que las soluciones para evitar la transmisión del virus pasan por la distancia social, lavado de manos y mascarilla. Ahora parece ser que también es importante los frecuentar los espacios abiertos y la ventilación porque el virus se transmite por aerosoles.

         Soluciones actuales: Multa si no se respeta la distancia social. Cierre hostelería, aforos, etc. En unos casos sí en otros no. Compruébese autobuses, tranvía, metro, en horas punta. Ahí no se transmite por lo visto. Multa por desplazamientos, a unos sí a otros no. Confinamiento perimetral y perifrástico. Multa si no llevas la mascarilla. Multa si te reúnes más de x número de personas y no estás en la élite política, periodística o económica.

         Razones que justifican la mayoría de estas actuaciones: Hay que conciliar la salud y la economía. 50% la salud y 50%  la economía. De acuerdo. Me apunto a esta afirmación.

         Volvamos a la ley de Pareto. Si el 80 % de las consecuencias, es decir número de infectados y muertos se debe al 20% de las causas, ¿por qué no dedicamos el 20%  de los recursos económicos a la detección, aislamiento y curación del virus? Tests masivos, rastreadores, personal sanitario y hospitales.

         Ya sé que muchos me dirán: “Eso es imposible”. Para ello se tendrían que poner de acuerdo los partidos y los políticos. Pero como tenemos una clase política que solo se representa a sí misma y se preocupa de ella misma, ¡pues claro que es imposible! ¡Así nos va!

        

 

viernes, 30 de octubre de 2020

No apto para personas débiles


 

      

             Si estás pensando que eres una persona débil, vulnerable y con muy pocas fuerzas no sigas leyendo. ¿Total para qué? Ya has tomado la decisión de abandonarte al destino como una hoja de árbol que se la lleva el viento donde le place. Si te has creído que no sirves para nada y que eres muy poca cosa. Si sospechas que la mayoría de las personas son mucho mejores que tú. Si continuamente te estás comparando con otros y la mala suerte se ha cebado contigo, te repito: No sigas leyendo, ¡por favor!

    ¿Todavía estás ahí? Pues es señal de que no eres tan frágil. Al menos consideras que tienes una fuerza interior que desconocen los demás y, posiblemente hasta tú mismo. Seguramente te has planteado muchas veces qué haces en este universo, en esta tierra, en este país, en esta ciudad o en este pueblo. Como yo, supongo que como todo el mundo. ¿Has llegado a alguna conclusión que te satisface? Pues ¡enhorabuena! ¿No has llegado a tener nada absolutamente claro? ¡Pues bienvenido al club de los dubitativos!

    Porque, ¿no estarás esperando a que alguien te dé la solución a estos interrogantes vitales? Y si alguien lo ha hecho y te lo has creído a pies juntillas, piénsalo en profundidad. ¡Por si acaso!

    Tal vez hayas tomado la decisión de no darle vueltas a estas cosas. Eres libre. Si eres consciente de quién eres, de verdad, ¿qué más quieres ? Piensa en ti. Sin más. Abandona el sentimiento de egoísmo que te reprime asir lo mejor que llevas dentro. Ahí estás, con toda la fuerza del mundo. Deséate lo mejor. Descubre tu propia energía personal. Vive con sentido y no podrás retener en tu interior tanta riqueza. La fortuna o la suerte se derrama de forma gratuita como el agua del río. Y a ese cauce se acercan las personas que te quieren, aunque no lo sepas.

 

 


lunes, 5 de octubre de 2020

Queridos televidentes

 

         Queridos televidentes y televidentas dejad siempre la tele encendida. Dejad que los anuncios de todas las marcas entren en vuestras casas. Marcas de coches que te suben al cielo y no te enteras por el gustirrinín de conducir. De colonias o aguas que huelen. Esas que se rocían los guaperas que se van al desierto a tirar una palada de arena hacia el viento y yo nunca he entendido para qué.  De papel higiénico bañado en oro que acaricia el canalillo a su paso dejando una fragancia inusitada y perfecta. De compresas o tampones que evitan situaciones de mal gusto y son divinas de la muerte. Pañales absorbentes de litros y litros de orines infantiles que se convierten en gel desechable. De melones, no de gente cabezuda, sino de esa fruta que, en el mejor de los casos, es dulce, refrescante y muy agradable. De móviles 8000 G, con pantalla de quinta dimensión, sumergibles en litronas y chocolate, capaces de resolver inextricables problemas que nadie se plantea.

         No apaguéis esa pantalla maravillosa que domina los cuartos de estar de la mayoría de las casas. Disfrutar con los concursos de las ruletas de la fortuna y comprobar a los genios que se lo saben todo. Sorprendeos con los secretos de los famosillos que han salido en las teles porque han engañado a sus parejas y han fingido como que eran unos desgraciados/as. Envidiar a los concursantes de gran hermano, de cocinillas prematuros o de voces privilegiadas que van a ser famosos y ganar una pasta en cuatro días. Elaborar concienzudamente vuestros criterios de opinión ante las argumentaciones que se ofrecen en las tertulias políticas y de actualidad. Observad a los insignes periodistas que cobran del partido al que defienden, cómo echan la porquería a su colega adversario. Centraos especialmente en las noticias de cualquier cadena. Allí recibiréis la información que le conviene al gobierno de turno. Constatar el martilleo de eslóganes, más o menos filosóficos, que pretenden uniformar a la población con un determinado pensamiento.

         Si apagáis la televisión podéis tener la desgracia de saliros del guion mediático y eso puede suponer un grave riesgo. ¿Mira que si os da por leer algún libro y vuestro conocimiento se abre a nuevas posibilidades? ¡Ojo que puede ser muy peligroso! ¡Ni se os ocurra! ¡Por favor!

viernes, 2 de octubre de 2020

MEMORIA

 

“Los profesores dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a repetir datos, informaciones, conocimientos que anteriormente han sido descubiertos por otras personas. Repasamos la historia que nos han transmitido, realizamos ejercicios de matemáticas, listamos los afluentes de los ríos o hacemos que conjuguen los verbos, una y otra vez, hasta que se los sepan de memoria. Es bueno y lo veo necesario. Pero si lo único que hacemos es esa tarea, tal vez estemos reduciendo la educación a conseguir personas con una imprescindible y buena memoria. Observa el contenido de los exámenes. Todos los examinandos dedican más del noventa por ciento de sus tiempo en memorizar los contenidos sobre los que se van a examinar. Luego, ¿qué estamos potenciando?: La memoria.

 

Yo mismo he comprobado que, cuando estoy explicando mis asignaturas y quiero demostrar la falta de atención de mis alumnos, les pregunto con esta o parecidas frases: “¿Puedes repetir lo que he dicho?” Memoria. Pienso en las notas que reciben y al final concluyo que la ponderación más alta de la valoración es su capacidad de recordar conocimientos. Memoria. Estamos convirtiendo a nuestros alumnos en unos magníficos magnetófonos. Primero se les obliga a pulsar el botón de grabación y posteriormente se les exige pulsar el botón de reproducción. Memoria.

 

A los chavales que no estudian, los adultos les tildamos de irresponsables con la argumentación simple: “Estás en edad de estudiar, esa es tu responsabilidad, y si lo único que tienes que hacer es estudiar y no lo haces, eres un irresponsable”. Más o menos es como si a nosotros nos dijeran: “estás en edad de trabajar, esa es tu responsabilidad, y si lo único que tienes que hacer es trabajar y no lo haces, eres un irresponsable”. Escuchar esta afirmación desentona en nuestros oídos y sin embargo no pensamos que la afirmación anterior también chirríe en los oídos de nuestros alumnos. Y nos quedamos tan tranquilos diciendo: “eso es diferente”.  Pues no, yo creo que es igual.

 

Los jóvenes necesitan disponer de ámbitos en los que puedan desarrollar sus iniciativas. Están en una edad propicia para experimentar, ensayar, probar con nuevas cosas. La escuela es un espacio ideal para ello. Sin embargo, ¿a qué nos dedicamos los profesores? A obligarles a repetir, a memorizar. Si alguien se sale del canasto, enseguida le presionamos para reorientar su actitud. Volver al carril. Seguramente la culpa no la tenemos nosotros. También nos hemos educado en el mismo sistema y nos parece normal comportarnos de esta manera. Pero yo no lo tengo tan claro. Que quieres que te diga…”

 Tomado de mi libro: “¿Para qué fui a la escuela?”

jueves, 24 de septiembre de 2020

NORMALIDAD

                                        


          Normalidad viene de norma. Una cosa intermedia entre lo más y lo menos. Sin excederse pero tampoco quedarse corto. Se diría en términos coloquiales lo normal. La normalidad es la cualidad que se atiene a la norma, a lo establecido, a lo consensuado en la costumbre o estilo de vida de una población. Por ejemplo, está concebido tácitamente que al inicio del encuentro entre dos personas se utiliza el saludo y al finalizar ese encuentro existe una despedida. Puede escenificarse con unas palabras como: ¡hola!, ¿qué tal?, ¡adiós!, ¡chao!, ¡hasta pronto!, etc… En nuestra cultura se da un apretón de manos o unos besos en las mejillas. Si existiera una relación de mucha confianza lo normal sería un fuerte abrazo.

         La normalidad suele estar muy ligada a lo que denominamos sentido común. A veces se comenta que el sentido común es el menos común de los sentidos. El sentido común parece que predomina su concepción como la manera sensata de actuar y relacionarse con los demás. Dejémoslo ahí.

         Con la irrupción de la pandemia del coronavirus, las autoridades gubernativas han intentado convencer a la ciudadanía de que entraríamos en una nueva normalidad. No se sabe muy bien que intencionalidad hay detrás del significado de esas palabras. Entre ellas, destaco la importancia de no tocarse entre personas, para evitar el contagio, ¡claro! Nada de apretones de manos, besos o abrazos. Todos los saludos, al menos, con un metro y medio de distancia de separación. Añadamos a todo esto la no conveniencia de aglomeración de personas.

         Es decir, mascarilla y boca tapada. Alejamiento personal y evitar el saludo. Y, por supuesto, nada de reuniones o encuentros y, menos aún, si son de mucha gente. Nos encontramos ante la nueva normalidad. Esta situación, además de favorecer la no propagación del virus, reúne todos los ingredientes para facilitar a los gobernantes la división entre la población. El aislamiento y la obsesiva preocupación por uno mismo, son el caldo de cultivo perfecto para que la sociedad permanezca dividida. Sólo falta el ingrediente simbólico de la mascarilla como bozal. La boca y la nariz tapadas. Predominio absoluto de las teles. Tele-trabajo, tele-asistencia, tele-formación, tele-consulta, video-llamada. A distancia, telemáticamente. Lejos, cuanto más lejos mejor. ¿Y a esto le llaman la nueva normalidad?

         Sin dejar de aplicar las recomendaciones sanitarias de manera provisional para la no expansión del virus, me niego a instalarme en la nueva normalidad. El saludo cordial, cercano. Los besos y abrazos. Las reuniones familiares y con los amigos. El sentimiento de pertenencia a una sociedad común, interdependiente, democrática, libre, unida y con tendencia a la universalización de las relaciones. Acortar distancias entre los seres humanos, compartir experiencias, buscar juntos el bien común de esta humanidad, en los tiempos que nos tocan vivir y con los obstáculos que aparecen en el camino, me parece lo normal y de sentido común.





 

viernes, 4 de septiembre de 2020

Aulas con corazón

 

Atención personalizada

         Demasiadas veces se atienden a los alumnos como si fueran ovejas. Todos tienen que pasar por el mismo carril. Decimos que realizamos una atención personalizada, cuando en la práctica se convierte en dar cuatro toques para que se ajuste el alumno al ritmo de la clase. Me ha sucedido, en bastantes ocasiones, que un alumno se acerca a mi mesa interrumpiendo la conversación que mantengo con otro de sus compañeros de clase. La urgencia de su interés personal le impulsa a ello. En estos casos siempre procuro decirle al que ha interrumpido, con toda la paz del mundo: ¿Puedes esperar un momento? Estoy atendiendo a tu compañero y quiero hacerlo con especial dedicación. Después lo haré contigo de la misma manera. –La respuesta suele ser de comprensión por parte del alumno que interrumpe y espera tranquilamente a que le toque su turno. Cuando ha llegado el momento de atenderle, lo hago con el mimo necesario y la diligencia oportuna. Pero el acto educativo, creo que  no termina ahí. Después de haberle atendido de manera personalizada, le comento, con delicadeza, por lo menos lo siguiente: “Menganito, ¿has observado? Interrumpir la conversación entre dos personas  es una falta de educación porque no se respeta a los demás. La persona que interrumpe está mostrando un comportamiento infantil. Está diciendo con su conducta: ¡eh! Miradme, no veis que os estoy llamando la atención, no puedo esperar, no controlo mis actos. En  el fondo es un signo de inmadurez.

 

-Tú, en este caso, has sabido esperar y por tanto nos has respetado a tu compañero y a mí. Te felicito. El comportamiento de los adultos se debe caracterizar por el respeto y la deferencia, sabiendo respetar el tiempo de los demás. Hay que tener la capacidad de comprender las necesidades de los otros y aceptar que son tan importantes como las nuestras. Te agradezco tu comportamiento adulto y haber esperado a que terminase de atender a tu compañero. ¿Necesitas algo más? Ya sabes que estoy siempre dispuesto a ayudarte.”

 

En las primeras ocasiones que suceden este tipo de interrupciones suelo comentar a toda la clase la importancia de respetar el turno de atención. Todos tienen el derecho a ser escuchados por parte del profesor y de cualquier persona. Con el tiempo y si esta forma de conducta se convierte en un hábito del profesor, los alumnos aprenden a respetar el tiempo de los demás, a aprovechar esos momentos de espera haciendo otras actividades, sin tener que requerir la atención inmediata del profesor. Además, son instantes en los que el alumno puede desarrollar alguna actividad con autonomía, iniciativa y organización personal. Yo les recomiendo que anoten sus dudas en un papel según les van surgiendo y, posteriormente, las comenten todas juntas.

 

Cuando estoy dando una explicación general a la clase y alguien no entiende algo en concreto, si lo pregunta, procuro contestarle hasta que evidencio que lo ha comprendido. No puedo recriminarle en ningún momento que eso lo debía haber aprendido antes, ni hacerle culpable de que está haciendo perder el tiempo a sus compañeros, ni ridiculizar su incapacidad para seguir mis explicaciones, ni menospreciar con gestos la inoportunidad de su pregunta. Tengo que agradecerle su interés, sus ganas de aprender, la ocasión que me brinda para explicarme mejor, porque seguramente no habré utilizado las palabras adecuadas anteriormente. Debo animar a sus colegas a que actúen  como él, en resumen, hacerle sentir importante, reconocido y valorado por su intervención. La atención personalizada se testimonia en lo particular y se ejemplariza en la colectividad.

Tomado de mi libro “¿Para qué fui a la escuela?” Ediciones ENDE.

https://www.youtube.com/watch?v=UXQYEBWPAaA