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jueves, 26 de mayo de 2016

Éxito y trabajo

El trabajo suele ocupar un tercio del tiempo de nuestra vida. Demasiado tiempo empleado como para no tener en cuenta la relevancia y la influencia que ejerce en la orientación de nuestro caminar por este mundo. Y si ya dedicamos tanto tiempo a él, mejor será vivir con alegría que sufrirlo permanentemente. El trabajo es un medio de progreso personal y de crecimiento. Por ello la elección, el desarrollo y el final de la actividad laboral consumen importantes recursos personales. Pensemos en la formación general adquirida en el periodo de escolarización, la preparación profesional desarrollada en las primeras prácticas en la empresa o el reciclado permanente, necesario para estar al día en las tecnologías o métodos de trabajo. Los cambios en las necesidades de los clientes se producen a una velocidad vertiginosa y las empresas invierten grandes esfuerzos, a todos los niveles, para poder responder a las expectativas de sus clientes. El trabajo bien hecho es el trabajo excelente, perogrullada que no necesita explicación pero que a mí me interesa matizar en este capítulo.
Por otro lado existe una corriente de pensamiento que sustenta el valor de sus principios en la suerte o el destino, lo he señalado en el primer capítulo. Actualmente se magnifican en los medios televisivos, especialmente en los programas rosa, las referencias personales de quienes logran éxito en sus vidas ganando concursos, ruletas, grandes hermanos. Pero en las vidas interiores de estos personajes «famosillos» se perciben carencias afectivas, falta de personalidad, escasa fortaleza y valores poco cultivados en el seno de la familia. El esfuerzo personal es un ente abstracto totalmente desconocido. Se fomenta transmitir la idea de que el éxito puede llegar sin tener que hacer absolutamente nada. Es cuestión de un golpe de suerte. Este tipo de principios nos han llevado, en algunas ocasiones, a conceptuar el trabajo de forma peyorativa. Para tener éxito en esta vida no hay que trabajar, es cuestión de ser un poco listo y tener suerte. 
Las personas trabajadoras, sin hacer diferencia entre quienes desarrollan su empleo de forma autónoma o quienes dependen de una nómina, conforman la gran colectividad que sostiene el sistema productivo de cualquier sociedad. Esta labor es crucial y distintiva del desarrollo humano. No quiero entrar a valorar las condiciones actuales en materia laboral de la mayoría de los trabajadores en el mundo. Mi interés se centra en aportar una visión positiva del trabajo personal que puede desarrollar cualquier persona, independientemente de los condicionantes inevitables que le pueden afectar en función de la situación cultural, económica o social en la que se encuentren. 
     El trabajo afianza la subsistencia de los individuos proporcionando los recursos necesarios para poder mantener una independencia económica. Todos conocemos la importancia que tiene el acceso al mundo laboral para vivir con dignidad. Una persona sin trabajo carece de los medios más elementales para completar su proyecto de vida. Los jóvenes buscan la independencia económica mediante la inserción laboral. Este proceso de autonomía es natural en el desarrollo de cualquier persona. Según van pasando los años a los jóvenes les resulta más difícil convivir en la residencia de los padres. El pundonor personal frena la idea de tener que estar pidiendo a la familia continuamente el sustento económico para sobrevivir. Exceptuando, claro está, aquellos jóvenes que, a conciencia y por voluntad egoísta, se aprovechan de la familia de una manera irresponsable. Coincide este modelo de juventud con la llamada generación «nini»: ni trabajan, ni estudian. No se tiene prisa en hacerse mayor, se está muy bien en la casa de los papás y se siente cómo fuera de ella hace mucho frío, es decir, son demasiadas adversidades a las que hay que enfrentarse. 
Fragmento del libro: "Caminar a tientas" de Rafael Roldán.

jueves, 19 de mayo de 2016

Demasiado fracaso escolar

         -Nacho, no sé para qué servimos los profesores. Fíjate en los alumnos de 1º E. –Se refiere a un grupo concreto.

-Podemos dividirlo en los alumnos aplicados, los normales y los que tienen problemas. Si dejáramos actuar a los dos primeros tipos de alumnos sin la orientación del profesor, estoy convencido de que serían capaces de aprobar y seguir en el curso siguiente sin necesidad de la intervención de ningún maestro. Sin embargo, los alumnos con dificultades suspenden. Me pregunto si los profesores hacemos algo en la escuela con este tipo de chavales. 
-Hombre, no seas tan drástico, Manuel. Tampoco es como lo dices.
-Pues, ¡explícamelo! Siempre coincide el número de suspensos con los alumnos que tienen dificultades. En vez de poner todo el interés y los mejores recursos sobre ese tipo de chavales, el sistema se encarga de desatenderlos. La cantinela de algunos profesores es siempre la misma: “estos alumnos me han llegado con un nivel muy bajo”; “con esa cuadrilla no se puede hacer nada”; “si no vienen dispuestos a estudiar, para qué se matriculan”. ¿No lo ves así?

-Yo creo que si el profesorado no hiciera su trabajo, ese grupo que calificas como alumnos normales, posiblemente no saldrían adelante. Reconozco la existencia de un alto índice de fracaso escolar. Es verdad. Pero la solución a lo que planteas no es fácil y lo sabes.

-Ya. Pero, si la educación no ayuda a los que tienen más dificultades y menos recursos a terminar con éxito, ¿para qué sirve? Si a mí, don José Antonio, un maestro que tuve en la enseñanza primaria, no hubiera creído en mis posibilidades y no hubiese hablado con mis padres para que siguiera los estudios de bachillerato, posiblemente yo estaría trabajando de peón en alguna obra de construcción. La intervención providencial de ese maestro para mí fue un gran obsequio de la escuela. Yo pienso que la educación debe ser un regalo de crecimiento para los educandos. No una carrera de obstáculos en los que el alumno se vea incapaz de superarlos y, por tanto, deba abandonar el sistema. Me revienta que nosotros estemos colaborando con la estructura educativa actual, si ésta no ayuda a que cada persona descubra sus propias posibilidades de crecimiento y ponga manos a la obra para desarrollarlas hasta el límite que le permita su libertad. –Manuel le insiste a Nacho en su pregunta esencial.

-¿No consideras interesante hacer un replanteamiento en el enfoque de los objetivos del profesorado? 

Fragmento del libro: "¿Para qué fui a la escuela?


lunes, 16 de mayo de 2016

Las palizas a mi madre

 Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se  había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo.  Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni él mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!

-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Tomado del libro: "Sin techo y de cartón"

martes, 3 de mayo de 2016

POR FAVOR, MÁS CAMPAÑAS NO. ¡INÚTILES!


                Es una vergüenza. Los ciudadanos ya hemos votado a unas personas para que gobiernen el país. Si estos políticos han sido incapaces de crear un gobierno, lo lógico es que no se presenten de nuevo, por inútiles en el sentido más amplio de la palabra. Son inservibles, no aptos para desempeñar el oficio que ostentan.
                Se pueden escudar en justificaciones de perdedores. Echar la culpa a los demás. Decir que ellos han hecho todo lo que está en sus manos. Utilizar la palabra para hacer ver el color blanco donde realmente es negro. Argumentar que lo hacen por el bien común y no por el bien de su partido o de su propio trasero. Pero el resultado está ahí: han sido incapaces de gobernar.
                Y sus señorías, insolventes, impotentes, inoperantes, a pesar de su demostrada incompetencia, siguen cobrando. Por cierto, en cualquier empresa privada, habrían sido despedidos o relevados de su función.
                Por ello les pido que, si repiten los mismos políticos, no me vuelvan a tostar los oídos con majaderos argumentos. Que no consideren al votante un pardillo. Que se vayan a su casa si tiene un poco de dignidad (supongo que este concepto les será bastante difícil de comprender).
                No me den la chapa con más campaña electoral. Estoy harto. Saturado de oír las mismas monsergas. De palabras huecas. De viejas y nuevas “políticas”. De castas instaladas en sus abusos y de los anticastas que ya se han aprendido a ejercer lo peor de lo que critican. Callaros de una puñetera vez. Recoger las pertenencias que habéis robado a la ciudadanía que decís defender y marcharos a vuestra casita. ¡INÚTILES!
  

domingo, 1 de mayo de 2016

Si sabes que te vas a morir, ¿porqué no hablas de ello?

                Un dicho andaluz: “A la bicha ni mentarla” La superstición hace estragos en quienes creen en ella. Puede que esa sea una de las razones por las que se intenta no hablar de “mi muerte”. Porque de las muertes de otras personas si se puede hablar. Son ajenas a nuestra propia vida. A nosotros no nos va a llamar la innombrable de la guadaña, por lo menos en este instante. En el fondo, sabemos que nos estamos engañando, nadie estamos libre de que en algún momento nos recogerá en sus brazos.
                ¿Pero, para qué tenemos que hablar de este tema? Cuando tenga que llegar ese momento, será y no hay que amargarse “la vida con la muerte”. Porque “a la bicha ni mentarla”. Quizás resulte incómodo hablar de este tema, pero no por ello se tiene que disimular y elevarlo a la categoría de tabú. Es demasiado relevante. ¿Porqué no hablar de la muerte?
                Sin ánimo de explicar nada, simplemente quiero transmitir dos ideas.
-Una, prefiero nombrar a las cosas por su nombre. Y cuando se reconoce por el nombre, se acerca uno a la verdadera esencia de la realidad. Por supuesto  que a cada persona le corresponde indagar, buscar, introducirse en el misterio de su propio ser. Nadie puede sustituirle en esa tarea, tan importante, de intentar encontrar sentido a esta vida que siempre desemboca en la muerte.

-Otra, no ocultar el miedo. Tenemos todo el derecho del mundo a apropiarnos de la cantidad de miedo que queramos, pero también podemos hacernos conscientes de nuestra limitación. Personalmente me quedo con el empeño por disfrutar a tope de esta vida, precisamente porque también soy consciente de la muerte. Esa realidad que no puedo olvidar y que me ayuda a dar más alegría a la vida.