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lunes, 21 de noviembre de 2016

No son invisibles

INTRODUCCIÓN

          Fran, Felipe, Pilar, Cris,… personas con rostro y nombre, personas con historia, experiencias, sentimientos. Así es este libro.

Con inusitada normalidad desaparece ese rostro concreto cuando en las ONGs de lo social o en servicios sociales se habla de “usuarios”, cuando en política se mencionan las estadísticas de pobreza y sinhogarismo, incluso cuando damos una limosna en la calle. Y si desaparece el rostro, que cerca estamos de la indiferencia, la segunda y definitiva exclusión de las personas en pobreza. El Papa Francisco denuncia esa “globalización de la indiferencia”.

         Sin Techo y de Cartón nos invita a contrarrestar nuestra propia indiferencia, a volver a poner a la persona en el centro; la persona real, de carne y hueso, con nombre. Son más de treinta personas, con nombre e historia, las que en este libro entrecruzan sus vidas y destinos. De alguna forma, casi todos los retratos nos son conocidos. Habla de madres y abuelas, de hombres y niños, de esposas e hijas, de trabajadores y desempleados, de vecinos e inmigrantes, de profesionales y religiosos, de grandes en humanidad y de miserables, quizá de nosotros mismos. Habla de amistad, amor, fracasos,…  


Rafa Roldán, desde una dilatada experiencia de trabajo y voluntariado con personas vulnerables, presenta la vulnerabilidad de la vida reflejada en personas que deambulan, mendigan, viven e incluso duermen en las calles protegidos por cartones. A veces se piensa que la vida que llevan estas personas no tiene nada que ver con nosotros, pero no se puede olvidar que nadie está libre de ser frágil, de cartón. Sin techo y de cartón  es un ejercicio de empatía de ponerse en la piel de cualquier persona vulnerable.

Es un libro que empieza como nos gusta que empiecen los libros, enganchando y sumergiendo al lector en los acontecimientos. Pero se vuelve poco a poco descarnado, provocador, incluso políticamente incorrecto. Pero el lector sabe o intuye que lo que lee es tan real que en un momento dado debe decidir si sigue leyendo o lo deja. Si sigue leyendo quizá decida incluso compartir su lectura; es un libro para la reflexión, el aprendizaje y el debate: en grupo de lectura, en la asociación del barrio, en la carrera de Trabajo Social, en la Cáritas parroquial, entre profesionales de la inserción de uno y otro lado de la mesa.  

         Y finalmente es una lectura que plantea un reto, al estilo de esa serie tan conocida hace unos años: Buscando a Wally. Solo que aquí, en vez de buscar a un divertido joven de jersey a rayas, hemos de encontrar la esperanza. Parece un libro desesperanzado, pero no lo es. Y ese es el reto y el premio: si encontramos la esperanza en esta historia tan cruda y real, descubriremos también en nosotros mismos la capacidad de ver a esas personas vulnerables y darles al menos un destello de esperanza.
        
Jorge Nuño Mayer

Secretario General de Caritas Europa

jueves, 3 de noviembre de 2016

Buenas y malas

                “Hay más personas buenas que malas”. Me lo dijo Andrés, todo un señor de pueblo. Octogenario. Agricultor. Hombre sencillo, cabal. Toda su vida trabajando, para comer, alimentar a su familia, vivir con la dignidad del deber cumplido, una persona que se viste por los pies.

                Curiosamente a este hombre siempre le oído hablar de su trabajo, de sus faenas, sin quejarse, sin reclamar tantos derechos que, seguramente, le son ocultados. Él sólo atiende a sus deberes como persona, como ciudadano, como miembro de una comunidad a la que respeta y colabora con el bien común de todos sus miembros. Es su deber. Además piensa que la mayoría de las personas piensan como él. De ahí su afirmación: “Hay más personas buenas que malas”.

                Frente a esta visión de la vida se encuentra la de aquellas personas que enfocan su visión exclusivamente en sus derechos y olvidan por completo sus deberes. Tienen derecho a una vivienda digna, a un salario digno, a matricularse en la universidad gratuitamente hasta la jubilación, momento en que pasarán a cobrar una digna pensión. Tiene derecho a todo, dignamente claro.

                El deber de esforzarse en los estudios, el deber de colaborar en las tareas domésticas del domicilio familiar, el deber de trabajar en lo que haga falta, el deber de ahorrar para comprar el piso o el coche de sus sueños. El deber de cotizar, pagar los impuestos que le correspondan para mejorar las condiciones de la sociedad en que vive. Sabemos que los derechos siempre van en correspondencia con los deberes. Pero en su vocabulario no existe la palabra “deber”.


                No me gusta la gente que se dedica exclusivamente a reclamar sus derechos y a escaquearse de sus deberes, aunque sea por medio de las rendijas que no contempla la ley. La gente buena prioriza las buenas acciones. La gente mala dedica todos sus esfuerzos a beneficiarse del resultado de los deberes de los demás con la excusa de sus derechos. Y, personas así, “haberlas haylas”. Pese a todo, estoy de acuerdo con Andrés: “Hay más personas buenas que malas”.