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jueves, 9 de abril de 2020

Bécquer y la luna



            Noche estrellada. El silencio pasea de puntillas por el monte. La luna allá en lo alto. Claridad nocturna. Una caricia del viento llama la atención del poeta y gira su rostro para ver de dónde proviene el sonido. Permanece hierático, sentado, mirando las sombras derramadas en la Huecha.
Unos pasos, apenas perceptibles, remueven pequeños guijarros en el camino al cementerio. Zapatos de charol. Calcetines de puntillas, blancos también, como la clara luna y el vestido de comunión que la envolvía. El cabello sobre sus delicados hombros femeninos, ensortijado en bucles de oro y arcanos deseos. El sendero del castillo de Trasmoz se había borrado con el olor del tomillo y el aliento del Moncayo.
Gustavo, el poeta romántico, sentado. Con una mano sostiene el contador de las horas, de los días y de las eternas esperas sin nombre. En la otra, esas cartas inéditas que un día leerán tantos ojos ávidos de la belleza. La mirada reposada, en lontananza, fantaseando con el silencio monacal del monasterio de Veruela. Envuelto en su capa, amiga de inviernos y senderos, nota una presencia a sus espaldas. Una mano gélida toca su hombro y el escalofrío hace crujir los cimientos de la fortaleza. Vibraciones que llegaban al mismísimo nigromante que la construyó.
-No temas amigo. He bajado de la ardiente luz clara, para sentarme a tu lado, y soñar, en este espacio maldito para creyentes, en esta bruma esotérica de brujas y embrujos, de queimadas y locura, de placer y poesía.

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