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miércoles, 20 de noviembre de 2019

Gestionar la impotencia


         Un hombre se había caído en un barranco de unos diez metros de profundidad, pero antes de caer al vacío consiguió sujetarse en un saliente. Estaba solo. Los gritos de socorro eran desgarradores. Durante los primeros minutos intentó trepar hacia arriba pero no consiguió absolutamente nada. Prácticamente era imposible subir sin la ayuda de alguien. El hombre sabía que cuanto más tiempo transcurriese colgado de sus manos, más probabilidades habría de que alguien escuchara los gritos de socorro.
         Dada la gravedad de la situación en la que se encontraba decidió calmarse un poco y ello le permitió descubrir que existían dos puntos de la pared donde podía encajar sus pies. Ese descubrimiento le facilitaba el descanso de un brazo mientras se sujetaba con el otro. E iba alternando las extremidades. Continuó gritando palabras de auxilio. Pasaron los minutos y la respuesta exterior no llegaba de ninguna parte.
         Era conocedor de que esa zona no era transitada con frecuencia y solo un golpe de suerte podría salvar su vida. Diez metros era una caída libre considerable. Si se dejaba caer, tal vez tuviera fortuna y salvara la vida aunque su cuerpo quedase magullado y repleto de traumatismos. No sabía qué hacer. La decisión de quedarse agarrado terminaría por agotarlo físicamente y terminaría en el fondo del barranco. Optar voluntariamente por tirarse al vacío para intentar caer de una manera más controlada, también suponía un riesgo muy peligroso.
         Hasta aquí llega la descripción ficticia de esta situación. Si tú fueras el protagonista, ¿qué decisión tomarías?
         Cuenta el autor de esta historia que nadie pasó cerca del lugar en mucho, mucho tiempo.

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