viernes, 14 de noviembre de 2014

LA ESCUELA QUE QUIERO

                La escuela que quiero es una escuela sencilla. Una escuela en la que los  alumnos  se acercan a sus maestros para aprender.  Y los maestros están encantados de ser ejemplos vivos para sus educandos.  Unas familias que se sienten responsables de la educación de sus hijos y una sociedad que muestra su apoyo absoluto a la escuela. Una escuela que enseña a vivir la vida  con sentido. Una escuela que no discrimine a nadie por ningún motivo de tipo económico, social o cultural.
                No me gusta la escuela que hemos creado. La escuela actual la hemos programado, politizado, economizado, ideologizado, profesionalizado, especializado, utilizado… para conformar un tipo de persona fragmentada, estandarizada, manipulada y dirigida en función de las conveniencias políticas, ideológicas o religiosas. Focalizada en los intereses consumistas y productivos. Orientada fundamentalmente a las demandas profesionales que la sociedad considera en una corta etapa de la historia.
                La escuela que quiero es una escuela que promueva el pensamiento. Pero la misión actual del profesorado es cumplir el temario, completar las programaciones, examinar a su alumnado que ha asimilado lo previsto y comprobar que son buenas máquinas de memorizar.  No hay espacio para el pensamiento creativo, para generar un discurso nuevo, para la crítica, para la divergencia y la creatividad.
                La escuela que quiero es una escuela que educa en la convivencia a gestionar las emociones y los sentimientos.  Pero tampoco hay espacio para ello. Se ha capado la libertad del educador para organizar cualquier actividad que no esté programada. La convivencia se basa en la desconfianza. A modo de ejemplo: Si a un educador se le ocurre salir a la calle con su grupo de clase a realizar cualquier actividad educativa, además de estar cubierto por un seguro de responsabilidad civil, necesita el permiso del director del centro, la autorización firmada de los padres de cada alumno, la correspondiente autorización del departamento de educación, el plan a realizar en la calle… y no sé cuántas cosas más. Y, a pesar de todo, se puede encontrar con una demanda si  uno de sus alumnos ha tenido un esguince en un tobillo.  
                La escuela que quiero es una escuela en la que los claustros sean verdaderos ámbitos de debate sobre la educación y no meras reuniones informativas en las que se utiliza el móvil para pasar el rato. Deseo que la dirección se comprometa con el profesorado y las familias a mejorar la calidad educativa, en vez de ser simples gestores de las directrices que les llegan del ministerio de turno encargado de la educación.
                La escuela que quiero está todavía por llegar.

                                                                                              Rafa Roldán
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