lunes, 8 de septiembre de 2014

El olvido

            


Normalmente se  olvidan aquellas cosas que son desagradables. Es una manera de proteger el espíritu de los malos momentos. Sin embargo recordamos los acontecimientos que nos proporcionaron buenos e intensos eventos de felicidad. Incluso la memoria hace un ejercicio de adaptar los hechos pasados a la conveniencia de las exigencias del presente. Son muchos los indicadores que iluminan con nitidez la bondad de las intenciones personales que están cargadas de verdad: la alegría, la celebración, la compañía, la amistad, el encuentro, la comunicación… Casi tantos como aquellos indicadores que expresan la malintencionalidad de las acciones: la tristeza, el individualismo, la rivalidad, la lucha, la venganza, la soledad…
            Hay personas que utilizan estratégicamente el olvido como herramienta para conseguir sus objetivos. Recurren al olvido de los favores que antaño le hicieron sus congéneres. Al olvido de los medios que utilizaron de los demás. Al olvido del trabajo que han realizado otras personas que le sirvieron para llegar a sus fines. Al olvido del apoyo que recibieron cuando se encontraron solos y necesitaban la compañía gratuita. Se apoyan en el olvido que les proporciona no tener ningún miramiento hacia los demás y de esa manera sólo se reconocen a sí mismos como centro del universo. Sin darse cuenta van creyéndose, poco a poco, que son dioses porque ven a personas a su alrededor que les adoran e invocan su poder. Hacen en el mundo una raya con tiza separando a los buenos y a los malos. Los buenos son los servidores del señor y los malos quienes difieren de sus intenciones. A los buenos se les premia con migajas y una zanahoria. A los malos se les castiga con mano dura y con la gran arma condenatoria: el olvido.
            Las estrategias de profundizar en el olvido de algún valor importante son muchas. Una especialmente interesante es aquella que intenta rellenar el espacio con multitud de luces para deslumbrar a quienes miran lo esencial. De esa manera se distraerán embobados en las luces de las bombillas de colores. Pero el corazón humano es demasiado complejo para  no saber que el objeto de su función es bombear la sangre, esencial para la vida. Otra estrategia es cortar la posibilidad de contar con la satisfacción de las necesidades básicas del hombre como la alimentación, el derecho al trabajo o poder disponer de una vivienda digna. Lo primero es comer y vivir, después ya se atenderá a los principios de la dignidad humana, ser libre y cualquier valor personal. Para conseguir desarrollar esta estrategia con eficacia basta con sembrar la amenaza de que se pueda llevar a cabo para conseguir los efectos deseados.

            El olvido de los valores es difuso, no así el olvido de cobrar una nómina. El olvido de la injusticia ajena me permite disfrutar sentado en el sofá de la comodidad. No puedo recordar constantemente aquello que me produce heridas y me duele. El olvido de la dignidad es la cárcel de los cobardes y  el arma de los dioses opresores. Cada cual sabe a quién adorar y qué es lo que merece la pena para caminar con la cabeza levantada y el corazón abierto. 

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